Las personas mayores y enfermas experimentan una mayor vulnerabilidad emocional debido al estrés que generan las pérdidas físicas, la disminución de autonomía y el dolor. Sus características psicológicas principales incluyen un enlentecimiento cognitivo, tendencia al aislamiento, riesgo elevado de depresión o ansiedad y cambios en la autoestima.
Características psicológicas principales
Reacción ante las pérdidas y la enfermedad: El impacto de la pérdida de independencia y de las capacidades físicas genera tensión y estrés continuo. Es común observar reacciones de frustración, tristeza y, en algunos casos, desesperanza o aletargamiento afectivo.
Vulnerabilidad emocional: Los adultos mayores y enfermos corren un mayor riesgo de desarrollar ansiedad y depresión. Estas condiciones a menudo se manifiestan a través de alteraciones en el sueño, fatiga, irritabilidad o quejas somáticas, más que mediante una expresión directa de tristeza.
Deterioro cognitivo y enlentecimiento: Se produce una reducción en la velocidad de procesamiento, lo que exige más tiempo para el aprendizaje y la comprensión de nueva información. La memoria a corto plazo también suele mostrar signos de declive, pudiendo derivar en trastornos neurocognitivos en casos más severos.
Pérdida de autoestima: La dependencia de terceros, las limitaciones físicas y la percepción de falta de propósito pueden afectar profundamente el autoconcepto, provocando que la persona se sienta una carga o infravalorada.
Aislamiento social y soledad: El entorno de la persona suele reducirse debido a la jubilación, la pérdida de amigos o cónyuges, y las dificultades de movilidad. Esto, sumado a los problemas de salud física, puede resultar en el aislamiento.
La psicología clínica destaca que estas reacciones dependerán en gran medida de la resiliencia, los rasgos de personalidad previos y la red de apoyo con la que cuente la persona.
Comunicación, Desorientación y Alteraciones de Conducta
Comunicación efectiva: Es vital escuchar de verdad, dejando terminar las frases sin interrumpir. Hay que hablar despacio, de frente, a la altura de sus ojos, usando frases cortas e ideas sencillas. Si oye mal, se debe vocalizar bien y subir el volumen de forma amable, eliminando ruidos de fondo. Si ve mal, hay que avisar siempre antes de tocar y describir con palabras lo que se va a hacer.
Evitar la infantilización: Se debe evitar el uso excesivo de diminutivos o hablar de la persona en tercera persona delante de ella, ya que esto daña su autoestima y dignidad.
Manejo de conductas difíciles y negativas: Ante una negativa (por ejemplo, a ducharse o a tomar la medicación), primero hay que indagar el motivo (si tiene frío, dolor, etc.). No se debe confrontar directamente; es más eficaz redirigir la atención hacia otro tema o proponer otra actividad. Si realiza acusaciones falsas (como que le roban debido a su desorientación), no hay que discutir; se debe validar su preocupación ("veo que estás preocupado") y reconducir la situación buscando juntos el objeto.
Agitación y sueño nocturno: Es fundamental establecer rutinas fijas para reducir la ansiedad. Por la noche, se debe favorecer una cena ligera, limitar los líquidos en las horas previas y mantener luz tenue o música suave. Es recomendable evitar siestas excesivamente largas durante el día y mantener una iluminación mínima de seguridad en el pasillo o baño para disminuir la desorientación y prevenir caídas. Además, hay que asegurar puertas y ventanas retirando llaves si existe peligro de que la persona intente salir a la calle desorientada.
A tener en cuenta: Características de la persona mayor.
Resultará clarificador:
Lecturas recomendadas:
Caracteres tóxicos y virtudes del buen carácter (Lluís Segarra)
La convivencia entre personas mayores (Lluís Segarra)
Soledades (Lluís Segarra)